El alma de una roca

¡Lo logré!, al fin lo logré. Llevaba algún tiempo esperándolo, hasta que hoy, al fin lo logré. Hice caso omiso a los comentarios de la gente y les demostré lo que creía.

–Las piedras no tienen alma–, me decían cada vez que proponía lo contrario. –Las piedras no tiene alma, porque no tienen vida–, repetían con determinación, cuando yo intentaba darle a una roca de lava algún valor.

Las piedras tienen vida y son producto de la misma madre Tierra que nos concedió nuestra existencia. Algunas piedras casi no se mueven, permanecen estáticas, bajo el sol y bajo la lluvia; otras, hasta vuelan. Es muy común verlas maltratando perros o abalanzándose sobre las ventanas de las casas, con el impulso de las ruedas de un carro o las cuchillas de una motoguadaña. Se reproducen lentamente y lo hacen muy por debajo de la superficie. Nadan, fundidas en un plasma hirviente de material terrestre, escondiendo a la muchedumbre su ardiente incandescencia.

Cuando llegan a la juventud y se acerca el momento de su emancipación, se vuelven irritables; tanto es el furor de su mocedad, que se arrojan al exterior, por medio de los altos y colosales volcanes. Todo un espectáculo.

Al llegar a la superficie, su ímpetu se extingue entre nubes de ceniza y humo blanco sofocante. Exhibir su belleza es su culminación… Ceñida su esencia, es momento de ser útiles: las piedras más brillantes y resistentes se convierten en anillos y alhajas; las opacas y menos entonadas, sirven para dar soporte a las calles o para construir casas y edificios. De algunas se construyen vasijas y otras, se sientan cerca de la puerta para que esta no se lance con el viento.

Se vuelven pacíficas y viven pendientes de lo que hacemos, aunque pocas veces intervengan. Sin embargo, cuando no aguantan el peso de la sandez humana, revientan en llanto, provocando hundimientos, catástrofes llamadas terremotos, deformaciones en la corteza de la Tierra, ondulaciones gigantes en las inmensidades del océano. Después de una batalla mortal, sus minerales se debilitan y mueren. Sí, las fuertes piedras mueren. Lo descubrí en una playa, el alma de miles de piedras flotaban en el agua.

Tomé una y noté la singularidad de su estado: incoloras, inodoras, sencillas, calmadas; heladas como un espíritu nocturno, débiles como la cáscara que cubre nuestro cuerpo, húmedas. El alma de las piedras se deshace en poco tiempo, por los delicados rayos de luz. Se alzan hasta el inmenso cielo, como lo hace el alma de las personas, para descansar sobre las esponjosas nubes, dejando a su retiro, sólo una mancha fría sobre la arena.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

w

Connecting to %s

Advertisements
%d bloggers like this: