Monthly Archives: November 2012

Seducción

Tomados de la mano y con el río en frente, el hombre confiado en el amor de su compañera visualiza por última vez el verde relucir de los árboles y placenteramente siente la suave frescura de aquel hemoso lugar.

Ella sonríe con un aire triunfal, el viento le acaricia la frente y hace oscilar sus cabellos rojo-metálicos. El velo blanco que lleva encima deja ver su espléndida figura. Él intenta relajarse para no pensar en la diabólica muestra de amor y la estúpida manera de demostrarla. Suspira hondamente y siente que su pecho se endurece como una roca de aquellas golpeadas infinitamente por la corriente de agua cristalina que los acompaña.

Se mantiene quieto. El tiempo se detiene poco a poco. Los latidos de su corazón son tan fuertes que parecen destrozar su propio pecho. En un parpadeo y sin respirar aún, analiza profundamente la razón que lo mantiene ahí fijado. Parece que lo ha olvidado todo. Los movimientos de su cuerpo están tardando demasiado en ejecutarse. El oxígeno en su sistema circulatorio es escaso. En un segundo parece arrepentirse de su decisión. La mujer, que sigue a su lado y por quien se atreve a desafiar la vida, aprieta su mano izquierda, temblorosa y fría, y en ese mismo instante se lanza al agua, sin esperar a la respuesta automática de su cerebro.

El cuerpo del joven cae al agua y se va al fondo. Abre sus ojos y ve a su amante nadando, y sonriendo. El hombre intenta seguirla pero se ahoga en su esfuerzo. Está atado a la base del río. La mujer, ahora mujer-sirena, se aleja rápidamente. El hombre trata de escapar pero es inútil. El ambiente es tenebroso y sombrío. Algas acuáticas y verdosas rodean todo el lugar.

Algo se acerca. Son engendros marinos, amarillos, de sucios dientes afilados. La mujer-sirena es una de ellas. Están hambrientas. El hombre patalea en vano. Su antes enamorada se acerca y le besa los labios. Le chupa los párpados. El hombre levanta su mano suavemente sobre sus cabellos humedecidos y lanosos e intenta acariciarlos. En ese mismo instante las deformes criaturas se abalanzan sobre su cuerpo y comienzan a desmembrarlo. Primero sus extremidades y luego sus vísceras, devorándolo por completo.

“Un rojo” por bostezo

La gente ya no compra sueños, en estos tiempos deja más plata el vender bostezos. Escuché en el súper de la esquina que están pagando a un rojo por bostezo, sin importar si es un buen bostezo o es uno malo, todos se venden al mismo precio.

Y yo ocupando plata… Los gastos en la U me tienen limpio, sin una peseta en bolsa. Antes vendía sueños, pero la cosa se puso fea y dejé de hacerlo porque no daba ni para comprarme una menta. En un principio fue un buen negocio, pero comenzó a decaer en el momento en que llegaron los primeros bostezos al país.

Poco tiempo atrás nadie sabía qué eran los bostezos ni para que servían, pero bastó que fuera el primer sampaguabas a una ciudad desarrollada para que llegara con esa improductiva moda. Pasaba uno al frente de las casas y se veía a las señoras, los señores, muchachas y muchachos en los corredores echándose unos cuantos bostezos. Y peor aún, hasta los niños están agarrando esa maldita maña.

Las calles están vacías y las cocinas están sucias. Nadie hace bien su trabajo ahora por los reconfortantes bostezos. Algunos tienen suerte y les sale unos bien grandes, otros se deben conformar con unos bostecitos con los que uno hace muecas como si tuviera un hueso pegado entre los dientes.

La producción en las fábricas está disminuyendo y todo se está poniendo color de hormiga. Los accidentes de tránsito han aumentado mientras quienes comercializan bostezos se están haciendo cada vez más ricos. Los del gobierno no hacen nada al respecto puesto que ellos mismos se echan sus bostecillos hasta cuando están al aire en pleno discurso dominical.

Yo no soy de los que les gusta la vida fácil, pero sí soy bastante espabilado. Estoy viendo que los bostezos son fáciles de producir y por acá no hay talleres donde los produzcan, así que voy a fabricar y a vender mis propios bostezos. Pero “al suave”, que con los bostezos hay que tener cuidado, así que ya estoy pensando en traer del extranjero algo mucho más avanzado que los bostezos y que ya se está popularizando en otros lados: cadenas de oro.

A las personas que consumen bostezos se le reconoce en otros lugares por usar una brillante cadena de oro. La gente gasta miles en una cadena dorada. Los bostezos son efímeros, pero las cadenas son eternas y mucho más caras. Un rojo ganaré por bostezo y no sé cuánto por las gargantillas. De lo que sí estoy seguro es que me va a llover billetes sin siquiera acabar mi carrera de ingeniero. Los sueños, por su parte, los regalaré a la gente que no compre bostezos.