Ramona Sánchez

Ramona Sanchez

Allá por los años sesentas, en la ciudad de San José, vivió una señora, como muchas otras señoras que vivieron en San José en la década de los sesentas: Ramona Sánchez.

La pobre anciana no tenía nada en especial más que el ser una solitaria viejecita que vivía en una casa muy humilde, no como las casas humildes de estos tiempos, sino como las casas humildes de aquellos memorables tiempos.

Ramona enviudó ya hacía varios años. No tuvo hijos y del resto de su familia no se tenía razón. Estaba sola, y peor aún, estaba vieja.

En su pequeño lotecito Ramona producía lo que se comía: yuca, plátanos, bananos, ñampí; además tenía un gallinero en el que se contaba una decena de aves. En algún momento tuvo también una porqueriza y un par de vaquillas pero vendió los cerdos y una vaca, la otra la regaló a unos vecinos con la condición de que la convidaran de vez en cuando con una botellita de leche.

Los años habían hecho de la suya en el cuerpo y los ánimos de la anciana hasta el punto en el que ya no se pudo valer por sí misma; sus vecinos muy amablemente le llevaban las comidas a sus horas y la atendían bastante bien. Ramona les agradeció mucho sus desvelos aunque ya no tenía ganas de seguir viviendo.

Una vez Álvaro, el vecino de enfrente, pasó a la casa de Ramona cerca de las nueve de la mañana, a dejarle su acostumbrado desayuno. Tocó la puerta varias veces pero nadie contestó; llamó, gritó, hasta que escuchó desde la habitación una voz hueca y ronca: “¡Álvaro, ayudame!”. Álvaro dejó el plato sobre una silla en el corredor y sacudió con fuerza una de las ventanas de madera hasta que la tranca cedió y pudo abrirla para entrar. Al ingresar vio que la pobre viejilla estaba tirada en el piso, con la cobija enrollada en sus pies y parecía estar inconsciente. En seguida la recogió y salió a llamar a sus padres. Los tatas de Álvaro corrieron a ayudarle, se quedaron un rato hasta que Ramona se sintió mejor y luego decidieron que lo mejor sería llevarla a su casa para estar más al tanto de ella y la atenderían en caso de otra emergencia. Ramona no opuso resistencia.

Álvaro en esos tiempos era joven, quizá tendría unos veinte años de edad. Sin embargo, al igual que la mayoría de jóvenes de su edad, solía pasar largos periodos de tiempo en la cantina del pueblo y llegaba a su casa siempre borracho a avanzadas horas de la madrugada. Era lo más común… de eso nadie se extrañaba.

La vieja y el borracho de Álvaro tenían algo en común: Ramona por un lado, debido a su edad, padecía un terrible insomnio que no la dejaba pegar los ojos hasta pasada la media noche; Álvaro, por otra parte, se iba de borrachera y cuando llegaba a su casa se encontraba a la anciana sentada en una silla en el corredor o adentro, despierta, recostada de un sillón. Así que en varias ocasiones se quedaron los dos hablando hasta la madrugada, borrachos del olor a polilla de aquella vieja casa de madera, olorosos a ron añejo del que disfrutaban con placer y para contener el frio de la alborada.

Fue una de esas noches en las que acordaron el pacto. El alcohol y la falta de sueño hicieron que se dijeran cosas sin sentido y de aquí se explicó aquella singular promesa que se harían los dos, promesa que no fue revelada sino cinco décadas después de ocurrido.

Estaban en el cuarto de Ramona y hablaban de cosas que, como ya dije antes, no tenía mucho sentido. La anciana, acostada en su cama, constantemente se refería al día de su muerte, decía que la sentía ya muy cercana y que en cualquier momento el Todopoderoso se la llevaría con Él.

‒¡Ramona ‒exclamó súbitamente Álvaro‒ hagamos un pacto!

‒Hijo, ¡¿ahora qué invento se te ha ocurrido?!

‒Ramona: quizá me muera yo primero, ¡quién sabe! pero si no es así, o sea, si vos te morís primero ‒y esto último lo dijo como para no hacerle sentir a la anciana que ella estaba más cerca de morir que él‒ prometeme que vendrás del más allá para que me contés cómo es la vara allá arriba. Si yo estiro la pata primero, yo te prometo que vendré y te contaré cómo es.

‒Jajaja ‒Ramona no paraba de reír‒ ¡qué cosas decís, Álvaro! Pero está bien, te lo prometo, yo sé que voy a morir primero y te prometo que vendré. ¡Pero recuerda, Álvaro, UN TRA-TO ES UN TRA-TO!

Así terminó la conversación de aquella noche. Ramona se quedó dormida en su cama y Álvaro de fue a su cuarto.

Pasó una semana hasta que un viernes por la noche, cuando llegó Álvaro, Ramona ya se había dormido. Según dijo la mamá de Álvaro, la pobre señora se sentía muy cansada. El sábado, cuando comenzaron a cantar los gallos y la luz de la mañana comenzaba a colarse por entre las rendijas de las paredes, la mamá de Álvaro se levantó a chorrear el café y a ver cómo se sentía la viejecita. ‒La señora está muerta ‒anunció con tranquilidad y resignación la madre de Álvaro.

La familia se encargó de todo: el papá de Álvaro construyó el ataúd, Álvaro fue a llamar al médico para que concediera un dictamen mientras la mamá invitaba a unos cuantos vecinos para velar el cuerpo de la difunta Ramona Sánchez. Para ese entonces, Álvaro había olvidado el pacto.

El jovenzuelo siguió en sus andanzas con la única diferencia que a la hora de su llegada nadie lo esperaba para platicar antes de irse a dormir. Pasaron varios meses. El recuerdo de aquella humilde anciana ya no perturbaba la mente de nadie.

Un día Álvaro regresó a su casa, borracho como siempre, y sintió ganas de ir al escusado, para lo cual debía caminar unos quince metros detrás de su casa. El cielo estaba despejado; la luna, radiante; la noche, fresca y tranquila. El cafetal posterior reflejaba la luminiscencia de la Luna Llena. Salió del improvisado baño, aun subiéndose los pantalones, y sintió una brisa helada ‒lo normal para aquella atmósfera. Dio una estocada en un tronco que había en el suelo, y cuando miró hacia adelante, tenía enfrente a la vieja Ramona, vestida de blanco, cubierta con un fino manto de luz.

‒¿Qué hacés aquí, Ramona? ‒preguntó confundido Álvaro.

Ramona, o mejor dicho, el fantasma de Ramona, permaneció inmóvil, excepto sus indumentarias que ondulaban copiosamente con la disimulada brisa.

‒Hicimos un pacto, Álvaro: vengo a cumplir mi parte.

El pánico se apoderó del muchacho. Comenzó a temblar. Su piel se heló, sintió mareos, náuseas; se empapó de un sudor helado, experimentó sensación de hormigueo en los pies y las manos. Se quedó pasmado, sin habla.

Mientras tanto, el fantasma dijo algo pero después se quedó mudo (dicen que Dios no deja a los espíritus comunicarse con las personas). Álvaro no comprendió nada y comenzó a caminar involuntariamente hacia atrás hasta caer en una zanja de la cual no logró salir hasta pasadas unas horas cuando su padre salió al escusado.

Al principio les causó gracia verlo allí tirado, sucio, mojado y temblando de frío, mas luego se preocuparon al notar que no hablaba pues tenía la lengua arrollada hacia adentro de la boca; estaba muy helado, pálido, enajenado, fuera de sí, con expresión de aturdimiento y desvarío.

Lo sacaron y lo llevaron a la casa, lo limpiaron y le cambiaron la ropa. Por más que le preguntaron sobre lo que le había sucedido él no pudo contestar porque no se le entendía una sola palabra. Llamaron al médico del pueblo y éste les dijo que Álvaro se había llevado una fuerte impresión y que por esa razón había caído en un estado de shock y que había que darle tiempo para que se fuera recuperando.

En efecto, tardó algunas semanas para salir de ese estado pero lo logró; poco a poco fue recobrando fuerzas, y su cuerpo y ánimos se estabilizaron. Cuando se sintió del todo bien le contó a sus padres, y únicamente a ellos, su particular encuentro con la anciana a la que habían dado posada y el por qué lo había hecho.

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